Sinopsi
Vampir-Cuadecuc es posiblemente el filme clave para entender la
transición que se produce en el campo cinematográfico español desde el
período de los “nuevos cines” (permitidos por la administración
franquista) hacia las practicas clandestinas, ilegales o abiertamente
de oposición antifranquista.
Consiste en una filmación del rodaje
del filme comercial El Conde Drácula, de Jesús Franco. Portabella
ejerce dos tipos de violencia sobre la narrativa estándar: elimina
totalmente el color y sustituye la banda sonora por un paisaje de
colisiones imagen-sonido a cargo de Carles Santos. Filmado
provocadoramente, en 16mm y con negativo de sonido, las tensiones entre
el blanco y el negro favorecen el extraño “materialismo fantasmático”
de este análisis desvelador de los mecanismos de construcción del
ilusionismo del cine narrativo dominante, que al mismo tiempo
constituye una intervención radical en la institución cinematográfica
española.
Fitxa Tècnica
Director: Pere Portabella
Guión: Basado en una idea de Pere Portabella
Fotografía: Manel Esteban
Montaje: Miquel Bonastre
Música: Carles Santos
Producción: Films 59
Un instante de verdad.
-Texto de Diego Brodersen-.
De
editarse en formato digital una edición especial de El conde Drácula
(1979), la película del prolífico director español Jesús Franco que Vampir-cuadecuc a
su vez somete y vampiriza, sería inestimable la inclusión como extra de
esta última. No estaríamos ante una primera vez: muchos documentos
sobre el rodaje de determinados films encarnan mayores virtudes
cinematográficas que la estrella central. De todas formas, en este caso
no se trata sencillamente de eso. Pere Portabella reinventa el “making
of” antes de que este existiera como pseudogénero audiovisual. Y lo
hace con una libertad creativa absoluta, alimentándose del material
puesto delante del lente como bases para la construcción de imágenes
únicas y proteicas, contrapuestas a la tradicional idea de la
reproducción imparcial de lo que “está ocurriendo”; tomando prestados
elementos del vanguardismo y el cine underground de la época, montando
a destajo con la elipsis como recurso rector, trabajando el sonido de
manera atípica (se trata esencialmente de un film mudo, en el que el
sonido directo ha sido reemplazado por los más dispares ruidos y
sonoridades, creados y yuxtapuestos por el compositor Carles Santos, a
quien Portabella le dedica por completo dos cortometrajes). El
resultado con setenta minutos de genial inventiva y una envidiable
capacidad par captar ciertas esencias intangibles en cada una de las
imágenes que los componen.
Que el conde Drácula es
apenas un clon de inferior calidad de los films de la Hammer no es
materia de discusión (a propósito los títulos de apertura de Vampir informan
que la película de Franco es una producción del famoso sello británico,
error que seguramente tiene su origen en el hecho de estar
protagonizada por Christopher Lee, actor regular de la productora). Lo
sorprendente es que Portabella no solo narra el proceso de gestación de
ese relato cinematográfico que se desarrolla delante de él (el film de
Franco), sino que se las ingenia para contar nuevamente la historia de
Drácula: a su manera, Vampir es una particular versión del
clásico de Bram Stoker elaborada alrededor de la deconstrucción del
imaginario visual del famoso vampiro, creado y sostenido a lo largo de
decenas de versiones anteriores. Las cámaras del catalán siguen a las
cámaras del madrileño durante el rodaje, pero también, como si se
tratara de vampiros fílmicos al acecho de sus victimas se entrometen en
los ensayos del reparto de donde se succionan algunos de los momentos
más inolvidables, tomas y repeticiones de tomas QUE NUNCA QUEDARÁN
IMPRESAS en la emulsión en colores y pantalla ancha de Franco sino en
los 16mm en blanco y negro de Portabella. En ese juego entre realidad y
ficción, en los resquicios abiertos entre la mampostería de cartón y el
maquillaje teatral, asomando detrás de la guardarropía y los colmillos
descartables, se adivinan los alcances reales de una operación
cinematográfica que se presenta lúdica pero se sabe profunda.
Hay en Vampir un
plano de una belleza tan fugaz como fulgurante que ilustra a la
perfección esta idea. Soledad Miranda, la actriz favorita de Franco por
aquellos años –quién moriría apenas unos meses después del estreno de
esta película en un accidente automovilístico-, ensaya algunas líneas
del guión, por completo absorta en su papel, cuando de pronto, en un
instante que no debe durar más de un segundo, gira el rostro a cámara y
guiña un ojo. La sorpresa es tan grande, en particular si el espectador
está realmente concentrado en el drama que se está desarrollando, que
el efecto realista irrumpiendo desde la pantalla tiene la capacidad de
perturbar momentáneamente el estado contemplativo de quien observa,
aparentemente seguro de sus sentidos, desde la butaca. Una capa de
realidad irrumpe con fuerza desde el fondo de esa otra realidad en
construcción que es el ensayo antes del rodaje, un impagable instante
de Verdad. Luego Christopher Lee se dedica a la lectura del último
párrafo de la novela de Stoker, y el sonido extemporáneo le cede el
lugar a la inconfundible tonalidad de voz del actor británico. Vampir es, desde todo punto de vista, una experiencia inolvidable.