Sinopsi
Puente de Varsovia esta fechado en 1989, el año de la caída del Muro de
Berlín. Si el look predominante en Nocturno 29 era el de la alta
burguesía sesentista, en Puente de Varsovia refulgen las imágenes de la
nueva intelectualidad y de la amnésica clase política progresista
europea. Pero bajo la superficie reluciente de eventos socioculturales
espectaculares y de vida frívola en la Europa feliz se tensan las
memorias de fracturas y cataclismos personales e históricos. Filmada
con la misma pulcritud que el cine comercial coetáneo, Puente de
Varsovia hace estallar el argumento en los mil fragmentos de un paisaje
europeo roto por el retorno de la Historia. No resulta extraño que
Godard rubricase dos años después un filme hermano, Alemania nueve
cero, explícitamente heredero del Alemania año cero de Rossellini en la
posguerra europea de 1947.
Fitxa Tècnica
Director: Pere Portabella
Guión: Pere Portabella, Carles Santos y Octavi Pellissa
Dialogos: Octavi Pellissa
Fotografía: Tomàs Pladevall
Dirección Artística: Pep Duran
Montaje: Marisa Aguinaga
Música: Carles Santos
Producción Ejecutiva: Joan Antón Gonzalez
Producción: Films 59
Fitxa Artística
Paco Guijar
Jordi Dauder
Carme Elies
Ona Planas
Josep Maria Pou
Jaume Comas
Francesc Orella
Pep Ferrer
Fura dels Baus
Ricard Borràs
Ferran Rañé
Joan Lluis Bozzo
Quim Llobet
Joan Miralles
Arquitectura Virtual
-Texto de DT-.
En la serie de planos iniciales de Pont de Varsòvia se
suceden distintas edificaciones que parecen proponer el proyecto de un
museo imposible, uno que puede contener la historia de la arquitectura
a tamaño real, que va desde una casa de barro o adobe hasta rascacielos
de vidrio y metal, pasando por alguna catedral gótica. Este museo bien
podaría ser la ciudad de Barcelona donde, como vemos en las primeras
secuencias, conviven distintos estilos arquitectónicos en medio de una
peatonal con neones. Si bien Pere Portabella, a través de sus
películas, siempre estuvo particularmente interesado en la arquitectura
y en su descripción visual, en los espacios donde los sentidos se
expanden más allá de la acción, en su último largometraje parece
señalar con insistencia, desde el título mismo, su condición de
arquitecto audiovisual. Portabella deslumbra un puente hecho de cruces
problemáticos que es, al mismo tiempo, el título de una novela
pergeñada por un personaje, la imagen mental de otro personaje y una
adaptación de esa novela al cine que se precipita, sin titubeos, en la
exploración de caminos diversos y coincidentes.
A
primera vista, esta nueva dimensión exploratoria se distancia del
experimentalismo y la estructura miscelánea de algunos cortos y largos
como director durante el franquismo, y parece ser hereditaria del
último estilo buñueliano, a quien Pedro Portabella le produjo Viridiana (1960), especialmente el de El discreto encanto de la burguesía (1972) y El fantasma de la libertad (1974).
Como esos Buñuel, Portabella crea un estilo visual opulento, donde se
desarrolla una trama que si bien no es para nada lineal ni consecuente,
tampoco renuncia completamente al impulso narrativo ni, en cierto modo,
a un principio de causalidad: cada secuencia parece estrictamente
autónoma pero, al mismo tiempo, cada imagen se adhiere a las que la
rodean como una ventosa sanguinaria. Es que esa arquitectura de la
pertenencia y el rechazo está formada por una serie de capas
superpuestas, como distintos estados de una sensibilidad que incorporan
tanto luces de guía como signos de dispersión.
La
anécdota que funciona como uno de lo puntos de partida del relato es la
de un buzo encontrado muerto en un bosque quemado. La idea de ese
cadáver fuera de un contexto “natural”, que es una incógnita para la
medicina forense, es explicada al final de la película con una lógica
implacable. La arquitectura del cuerpo muerto, catalogada con metódica
rigurosidad en una autopsia en plano secuencia, no resuelve nada. Lo
que al lenguaje de la ciencia se le escapa, Pont de Varsòvia lo
atrapa en su interior con una lógica estricta de planos largos
estilizados y en ralenti. Este vaivén ciencia-arte se presenta como el
foco principal de una película que tiene como centro un triángulo
perfectamente equilátero, conformado por un director de orquesta, una
profesora de biología y un escritor. Esta geometría tiene tres aristas
muy claras: la abstracción ensoñadora (el músico), el escepticismo
científico (la profesora) y una síntesis de los dos (el escritor, autor
del libro Pont de Varsòvia, que supuestamente contiene a los otros dos
personajes).
Tres años después de esta película,
Portabella declaraba que para el cine “la heterodoxia, la incorrección,
es la única vía de escape posible para intentar hacer algo de interés
que proponga un tipo de discurso y uso del lenguaje distintos”. Un
heterodoxo incorrecto que cree en la posibilidad de tipologías
discursivas y del cine como lenguaje no es una contradicción, es
justamente esa síntesis que trama en esta película. Por ejemplo, la
inclusión de imágenes generadas por “ordenador” en Pont de Varsòvia (seguramente
sea una de las primeras producciones españolas que dan cuenta de la
inminente cultura digital) es una muestra lúcida de este conflicto
paradojal que estimula la película: la precisión matemática al servicio
de la creación de imágenes que, por polisémicas y autónomas, rehúyen
cualquier modalidad de catalogación científica. Como la arquitectura,
la cultura digital para Pere Portabella está entre la ciencia y el
arte, y es ese puente que, por sobre todas las cosas, consigue
proyectar en esta película. En ese lugar de tránsito, en la firme
creencia en ese movimiento, justamente donde nos (des)ubica el cine de
Portabella.